Zurcir el cielo
Técnicas de costura, filosofía y tradición japonesa en el arte textil

Un libro de Aitor Saraiba

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Tanto el ‘boro’ como el ‘sashiko’ encarnan una filosofía profunda: la belleza de la imperfección, la reparación como forma de cuidado y la continuidad de la vida a través de los objetos. El impacto que la cultura, la historia y la artesanía tradicional japonesa tuvieron sobre Aitor Saraiba define hoy los rasgos esenciales de su obra. En este libro, a través de su historia y de sencillos proyectos, el artista textil nos sumerge en el fascinante imaginario japonés para explorar técnicas tradicionales como el ‘boro’, el ‘sashiko’ o el teñido con índigo; figuras clave como los ‘yōkai’ o los ‘omamori’; y conceptos fundamentales como ‘kokoro’ (la sensibilidad que percibe lo bello y lo efímero), ‘mottainai’ (no desperdiciar), ‘mame’ (no desechar lo que pueda ser útil) o ‘konseki’ (cicatriz, la marca de lo que estuvo antes aquí).

Descripción técnica del libro:

18 x 23 cm
200 páginas
Español
ISBN/EAN: 9788425236365
Rústica
2026
Descripción
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Detalles

Tanto el ‘boro’ como el ‘sashiko’ encarnan una filosofía profunda: la belleza de la imperfección, la reparación como forma de cuidado y la continuidad de la vida a través de los objetos. El impacto que la cultura, la historia y la artesanía tradicional japonesa tuvieron sobre Aitor Saraiba define hoy los rasgos esenciales de su obra. En este libro, a través de su historia y de sencillos proyectos, el artista textil nos sumerge en el fascinante imaginario japonés para explorar técnicas tradicionales como el ‘boro’, el ‘sashiko’ o el teñido con índigo; figuras clave como los ‘yōkai’ o los ‘omamori’; y conceptos fundamentales como ‘kokoro’ (la sensibilidad que percibe lo bello y lo efímero), ‘mottainai’ (no desperdiciar), ‘mame’ (no desechar lo que pueda ser útil) o ‘konseki’ (cicatriz, la marca de lo que estuvo antes aquí).

Aitor Saraiba (Talavera de la Reina, 1983) es un artista multidisciplinar. Entre los formatos de su práctica encontramos el textil, el dibujo, la cerámica, el vídeo o la pintura. Es licenciado en Bellas Artes y ha expuesto en numerosas ciudades alrededor de todo el mundo, como Los Ángeles, Tokio o México. Actualmente, vive y trabaja en Madrid. 

Índice de contenidos
Índice de contenidos

Introducción 9
‘Boro’ y ‘sashiko’ 27
Kokoro 69
Mottainai 79
Mame 87
Tanuki 99
Okurumi 115
Sakabukuro 129
Omamori 143
Konseki 155
Índigo 169

Lee un fragmento
Lee un fragmento

Hay muchos motivos por los que Japón nos fascina y nos atrapa. Es un país con tantas caras como sabores, colores y sensaciones.

Ha pasado una década desde mi primer viaje a Japón. Parece tan lejano... El mundo ha cambiado, y también yo he cambiado mucho desde entonces. En aquel momento, Japón no era todavía el destino turístico masivo en el que se ha convertido en los últimos años. El Japón que yo encontré era silencioso, reservado, encriptado y fascinante. Fue justo esa sensación de misterio lo que me enamoró del país nipón.

Japón tiene tantas caras que cada persona puede encontrar allí un lugar propio; solo tiene que buscarlo. A mí me atrapó su manera de hacer, su artesanía, la unión sutil entre la técnica tradicional y el diseño contemporáneo y, por supuesto, su tradición textil, ante la que mi corazón se derritió.

Fue entonces cuando tuve mi primer contacto con el ‘boro’ y el ‘sashiko’, dos técnicas textiles que hoy se han popularizado de forma sorprendente, pero que tienen raíces profundas en la historia del Japón más humilde.

 

‘Boro’

La palabra ‘boro’ (襤褸) significa, literalmente, ‘harapo’ o ‘ropa andrajosa’. El término hace referencia a piezas textiles que han sido remendadas y reutilizadas una y otra vez, una práctica habitual entre los siglos XVII y XIX, durante el periodo Edo (1603-1868).

En aquella época, en especial en las zonas rurales del norte de Japón —como la región de Tōhoku—, la vida era dura y los inviernos, extremadamente fríos. El algodón era un material caro e importado, así que las familias campesinas apenas podían permitirse adquirir tejidos nuevos. Para sobrevivir, reutilizaban la ropa generación tras generación, a la que le cosían parches, le añadían capas y le reforzaban las costuras. De este modo, las prendas de trabajo, las mantas o los kimonos se transformaban en verdaderas obras colectivas, hechas a partir de múltiples fragmentos de tela que contaban la historia de una familia. El ‘boro’ no era el resultado de la búsqueda de un estilo estético, sino de una necesidad; un ejemplo de economía circular y sostenibilidad de mucho antes de que existieran estos términos.

Hoy el ‘boro’ es valorado como una forma de arte textil, y muchas piezas antiguas se exponen en museos, como el Amuse Museum de Tokio (que cerró en 2019, y gran parte de su colección de ‘boro’ se trasladó al museo Chichibu Meisenkan).

 

‘Sashiko’

El ‘sashiko’ (刺し子), cuyo nombre significa ‘pequeños pinchazos’, es una técnica de bordado tradicional que también surgió en el periodo Edo. Se desarrolló como una forma de reforzar las telas mediante puntadas sencillas y repetitivas, generalmente en hilo blanco sobre tela índigo.

Este bordado de origen humilde cumplía dos funciones principales: una de carácter práctico, la de reforzar las prendas de trabajo, añadir calor con capas de hilo y alargar la vida útil de la ropa; y otra puramente estética, pues los patrones geométricos dotaban de belleza a las prendas cotidianas. Motivos como las olas, las montañas, las estrellas o las espigas de arroz se convertían en símbolos de protección, abundancia o buena fortuna.

Con el paso del tiempo, el ‘sashiko’ se convirtió en un lenguaje visual propio de las comunidades rurales, y hoy está considerado un arte de diseño textil japonés que se sigue transmitiendo de generación en generación.

 

De la necesidad al arte contemporáneo

Lo que nació en el seno de la supervivencia y la escasez se ha convertido, siglos más tarde, en una fuente de inspiración para el mundo de la moda y el diseño contemporáneo. Tanto el ‘boro’ como el ‘sashiko’ encarnan una filosofía japonesa profunda: la belleza de la imperfección, la reparación como forma de cuidado y la continuidad de la vida a través de los objetos.

Por eso, cuando descubrí estas técnicas sentí que estaba viendo no solo telas, sino historias, fragmentos de un Japón que, aunque cambie y se modernice, sigue llevando en su fibra más íntima la huella de la artesanía y la resiliencia.

Aquel primer viaje a Japón fue, por encima de todo, un encuentro conmigo mismo. Con apenas veinte años, conseguí una beca para estudiar arte en Manchester. Con mi precario presupuesto de estudiante, crear obras de gran formato me resultaba imposible. Fue entonces cuando regresé a algo que había aprendido desde niño en mi familia: reciclar por necesidad.

Comencé a recoger tejidos abandonados en la lavandería de la residencia, en la basura y en tiendas de segunda mano, donde por una libra encontraba telas estampadas llenas de vida. Y allí, en la lluviosa Manchester, mientras escuchaba sin descanso a The Smiths y Joy Division, empecé a coser y a zurcir sobre aquellas telas.

Durante meses trabajé en lo que se convirtió en una gran pieza a la que llamé El gran telar: un diario textil en el que bordaba mis emociones, puntada tras puntada. Más que una búsqueda estética depurada, era un impulso narrativo, una necesidad de expresar lo que sentía. Hoy, tantos años después, cuando vuelvo a mirar esa pieza, me sigo reconociendo en aquel joven que volcaba su mundo interior en las telas.

En ese momento aún desconocía el ‘boro’ y el ‘sashiko’. Por eso, cuando una década después los descubrí en Japón, fue algo mágico. Sentí una conexión inmediata, como si hubiera encontrado un eco de aquello que ya había hecho por instinto. Su particular universo textil me hizo sentir algo muy profundo: estaba en casa, a pesar de encontrarme tan lejos de mi punto de partida.

Durante mucho tiempo, el arte textil parecía estar condenado a la perfección: bien acabado, bien rematado, domesticado. Era como si a esta disciplina se le negara la libertad que la pintura, el dibujo o la escultura habían conquistado hacía décadas. Pero yo quería acercarme al mundo textil desde otro lugar: el mismo desde el que había visto a artistas pintar sin ataduras técnicas o dibujar fuera de lo académico para llegar directo al corazón.

Aquella pieza que cosí a los veinte años se convirtió en una especie de brújula creativa de todo mi trabajo posterior, en el que dibujo y textil se entrelazan de forma constante.

 

Me llamo Aitor Saraiba, y espero que disfrutes con este libro inspirado en distintas técnicas, filosofías y artesanías japonesas. Los proyectos que comparto en él están realizados desde el máximo respeto hacia Japón, hacia su cultura, sus tradiciones y su maestría artesanal.

Este no es un libro de historia ni un manual práctico. Es más bien un diario creativo, un cuaderno de procesos artísticos en los que me he dejado guiar por la inspiración que encuentro en un país y en una filosofía que celebra la belleza de la imperfección. Espero que lo acabemos celebrando juntos.

 

Ó Aitor Saraiba

 

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